Realizando – en fantasía – un ejercicio de analogías, trae vivos recuerdo a mi memoria la figura del muchacho expectante en su balcón ante las fallas, las banderas que servían de adorno también constituían el objetivo de un malvado entretenimiento infantil y con un tirachinas, que cargábamos con diminutos ángulos de papel enrollado, tratábamos de traspasarlas.

Soñando con la Fallas
Eran tiempos de juegos en las calle de curiosidad y atrevimiento para casi todo y cuando asomaba, en lenta marcha el camión con los ‘ninots’ por el extremo más lejano de la calle corríamos a subirnos en cuadrilla a la plataforma, hasta que el maestro fallero te tiraba voceando.
La ilusión por la fiesta eran también sueños de un futuro esperanzador, en una época de posguerra un poco gris.
Muchos años separan la evocación de ambas fotografías, sin embargo pocas diferencias, – al menos espirituales – que físicas ya el tiempo se cuida de resaltar.
Semblanza, pero poca
Don Francisco de Quevedo. Hasta el nombre de pila coincide, y a falta de la perilla y la hoja en la mano somos, Quevedo y un servidor iguales…bueno él con un poco más de pelo y yo con muchísima menos inteligencia…
Lo importante para quienes amamos las letras, es esperanzarse con el imaginario parecido de tan insigne figura de la literatura.