De niños andamos con un taka-tak. De mayores con un andador

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Entre ambos artefactos, distantes en el catálogo de la vida, se extiende ese periodo al que llamamos “edad adulta”, donde uno camina comiéndose el mundo… o eso aparenta.
El taka-tak es un invento fascinante: un pequeño vehículo circular que permite al bebé desplazarse con la dignidad mecánica de un emperador romano en carro.
El niño aún no sabe caminar, pero ya recorre la casa con determinación, chocando contra mesas, sofás y tobillos ajenos. Su conducción es errática, pero su entusiasmo absoluto.
Todo es descubrimiento: el sonido de una cuchara cayendo, el misterio insondable del enchufe, la peligrosa belleza de un jarrón caro. El mundo es grande y el niño, aunque tambaleante, está convencido de que lo conquistará.
Muchos años después aparece el andador. También tiene ruedas, también se mueve despacio y también choca, esta vez contra muebles que llevan décadas en el mismo sitio pero que, misteriosamente, parecen haberse ubicado durante la noche…
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