
Hay una época del año en la que la gente se disfraza para parecer lo que no es
Se ponen máscaras, pelucas, uniformes imposibles y sonrisas de saldo. Se sale a la calle dispuesto a divertirse, a provocar la carcajada y, durante unas horas, a concederse el lujo de ser otro.
Es el carnaval, esa bendita licencia para engañar a los ojos sin necesidad de pedir permiso ni perdón.
Lo curioso es que, cuando termina el carnaval, las máscaras no desaparecen. Simplemente se guardan en el cajón de los disfraces y se sustituyen por otras, bastante más elegantes y, a veces, mucho más peligrosas.
Porque la vida también tiene su carnaval permanente. Hay quienes se presentan como personas honradas y ejemplares mientras esconden bajo el traje una colección de miserias. Otros adoptan la apariencia de ciudadanos respetables, de amigos leales, de vecinos encantadores o de profesionales impecables. Y uno, ingenuo espectador, termina descubriendo que algunas de las máscaras más perfectas no llevan goma elástica y tarde o temprano <<caerán>>.
En el carnaval, al menos, conocemos las reglas del juego. Sabemos que aquel señor disfrazado de pirata no pretende asaltar un galeón y que la señora convertida en reina egipcia probablemente volverá mañana a ser la de siempre.
El engaño es inocente, pactado y hasta saludable. Nadie se escandaliza porque un adulto se coloque unas orejas de conejo y baile por la calle. Al contrario: se le aplaude.
El problema comienza cuando el disfraz deja de ser diversión y se convierte en identidad. Ahí aparece la verdadera tragedia, porque los seres más siniestros no siempre tienen colmillos, capa negra ni cara de villano. A menudo llevan corbata, saludan con educación, sonríen en las fotografías y hablan de principios con una solemnidad que casi da risa.
Quizá por eso las fiestas de carnaval resultan tan reveladoras: durante unos días, los honestos se disfrazan de malvados para divertirse y los malvados de siempre ni siquiera necesitan disfrazarse.
Y ahí está la ironía: cuando llega el miércoles de ceniza y se acaban las máscaras, quizá lo más difícil no sea descubrir quién iba disfrazado, sino quién llevaba la cara verdadera.
Francisco Ponce Carrasco