El carnaval y más – Cosa Fina (Magazine)

17 agosto 2026 por Francisco Ponce en Noticias, Recordando, Todos los artículos, ¡Cosa fina! Magazine

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Hay una época del año en la que la gente se disfraza para parecer lo que no es

Se ponen máscaras, pelucas, uniformes imposibles y sonrisas de saldo. Se sale a la calle dispuesto a divertirse, a provocar la carcajada y, durante unas horas, a concederse el lujo de ser otro.

Es el carnaval, esa bendita licencia para engañar a los ojos sin necesidad de pedir permiso ni perdón.

Lo curioso es que, cuando termina el carnaval, las máscaras no desaparecen. Simplemente se guardan en el cajón de los disfraces y se sustituyen por otras, bastante más elegantes y, a veces, mucho más peligrosas.

Porque la vida también tiene su carnaval permanente. Hay quienes se presentan como personas honradas y ejemplares mientras esconden bajo el traje una colección de miserias. Otros adoptan la apariencia de ciudadanos respetables, de amigos leales, de vecinos encantadores o de profesionales impecables. Y uno, ingenuo espectador, termina descubriendo que algunas de las máscaras más perfectas no llevan goma elástica y tarde o temprano <<caerán>>.

En el carnaval, al menos, conocemos las reglas del juego. Sabemos que aquel señor disfrazado de pirata no pretende asaltar un galeón y que la señora convertida en reina egipcia probablemente volverá mañana a ser la de siempre.

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El engaño es inocente, pactado y hasta saludable. Nadie se escandaliza porque un adulto se coloque unas orejas de conejo y baile por la calle. Al contrario: se le aplaude.

El problema comienza cuando el disfraz deja de ser diversión y se convierte en identidad. Ahí aparece la verdadera tragedia, porque los seres más siniestros no siempre tienen colmillos, capa negra ni cara de villano. A menudo llevan corbata, saludan con educación, sonríen en las fotografías y hablan de principios con una solemnidad que casi da risa.

careta-quitadaEl carnaval, por eso, tiene algo de espejo. Nos recuerda que la apariencia es una excelente cómplice del engaño. Todos interpretamos algún papel, aunque algunos hayan conseguido que el personaje termine por devorar a la persona.

Quizá por eso las fiestas de carnaval resultan tan reveladoras: durante unos días, los honestos se disfrazan de malvados para divertirse y los malvados de siempre ni siquiera necesitan disfrazarse.

Y ahí está la ironía: cuando llega el miércoles de ceniza y se acaban las máscaras, quizá lo más difícil no sea descubrir quién iba disfrazado, sino quién llevaba la cara verdadera.

Francisco Ponce Carrasco