El Gran Salto Cósmico (Parte Dos)– A toda Costa

21 agosto 2026 por Francisco Ponce en A Toda Costa, Relatos, Todos los artículos

El Gran Salto Cósmico continúa con una sorprendente reflexión de Francisco Ponce Carrasco sobre el progreso, la conquista espacial y nuestra propia humanidad. Un relato que cuestiona quién está realmente más evolucionado y plantea si conquistar el universo importa menos que aprender a dominar nuestro ego.

Francisco-Ponce (Cabecera prensa)

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El ridículo del conquistador

(Viene de parte anterior) …

Llegamos con el pecho inflado, dispuestos a dar un discurso de bien-hallados en nombre de la Tierra, a ofrecerles nuestros avances en microchips y a explicarles nuestras formas de gobierno.

Nos presentamos cargados de mapas, banderas, publicidad de bebidas isotónicas y contratos de exclusividad galáctica.

Ellos nos ofrecieron infinidad de frutas variadas y jugosas que flotaban ingrávidas desfilando ante nosotros, nos hacían guiños para que las tomáramos, lo hicimos deleitándonos con sabores que sabían a recuerdos felices.

¿Quién educa a quién? Íbamos con la mentalidad didáctica de enseñarles el camino del progreso, pero resulta que sus mentes procesan dimensiones de la realidad que nosotros apenas vislumbramos en nuestros sueños más profundos. No necesitan viajar por el espacio físico porque su conocimiento parece capaz de explorar el cosmos sin moverse de su jardín de hojas plateadas.

La gran pregunta que flota en el aire violeta de “Colorines” no es ¿qué vamos a realizar con ellos? ahora que sabemos la verdad.

poner valido despedida

¿Sino qué haremos con nosotros mismos?

No somos los reyes del universo, solo somos los vecinos ruidosos que acaban de mudarse al barrio tras un viaje larguísimo y agotador.

Ellos nos han recibido con la paciencia de un hermano mayor que observa las travesuras de un niño pequeño.

Allí todos crecían aprendiendo que el éxito consistía en mejorar la vida de los demás. Los mayores eran bibliotecas del conocimiento y jamás una carga.

Nadie presumía de riqueza porque el verdadero prestigio consistía en ser útil. No desperdiciaban alimentos mientras otros pasaban hambre. La naturaleza no era un recurso: era un familiar.

Cuando les preguntamos quién mandaba, respondieron con extrañeza: «¿Mandar? Aquí procuramos cuidar».

Regresaremos a la Tierra con las manos vacías de oro, uranio o metales raros. Pero también con una certeza incómoda: quizá la especie más evolucionada no sea la que conquista otros planetas, sino la que domina su propio ego. Y esa, por desgracia, todavía no es la nuestra.

Tal vez, el viaje espacial no era para colonizar las estrellas, sino para aprender, por fin, <<A ser humanos>>.