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19 abril 2007 por Francisco Ponce en La columna, Relatos, Todos los artículos

El tío José

Hace muchos años, no sabría el número exacto pero creo que bastantes, vivíamos de cara al mar en un paraje condenado al anonimato. Tan sin árboles, solo cinco; tres higueras, dos palmeras y unas cuantas matas de higos chumbos, que lucían tentadoras el fruto y amenazantes sus anchas palas repletas de afilados pinchos. Tan sin ganado; solo dos vacas, cuatro gallinas, dos cerdos y una mula. Tan sin vecinos; algunas casitas que apenas las cubría un tejadillo, rematado por una chimenea. En una palabra, tan sin vida, que aquel trozo de tierra reseca no había tenido derecho a ningún nombre en particular y por todos era conocido como el invernadero.

Higos chumbos

Solo el aire, por lo general rebelde, con sus enormes manos, manos de viento, marcaba allí el rumbo a su antojo arrastrando hojas y polvo por doquier.

José, había sido un hombre avanzado a su época, que en aquellos tiempos aposto por el futuro que hoy son las prosperas tierras almerienses, su antiguo y rudimentario invernadero en la actualidad era moderno y bien mecanizado.

A penas había amanecido ya se agrupaban las cuadrillas de trabajadores en torno a los largos pasillos de las matas de pimientos, daban la impresión de estar inquietos mientras escuchaban.

– Vamos, vamos… a trabajar, que me han dicho que hoy se paga bien el pimiento en la alhóndiga. –gritaba José, que caminaba apoyado en un recio bastón junto a su hijo.

– Siempre dicen eso y luego ná de ná… -refunfuñaba Jacinto el encargado.

Efectivamente aquel día fue de satisfacción general y José, que siempre había sufrido en sus carnes los avatares de un mercado inestable, en los momentos de bonanza sabía recompensar a las personas de su entorno, incluido a sus trabajadores.

Antes de pasar por casa, entró en el bar que le asaltaba tentador a la salida de la alhóndiga. Era mañana de semblantes sonrientes y tertulia animada.

Estaba en plena ‘cháchara’ cuando se le acercó una vendedora ambulante que le mostró un loro de juguete con ojos saltones, pico de plástico amarillo-anaranjado haciendo juego con los colores de su plumaje de lana y trapo, con un dispositivo interior que le daba la facultad de repetir lo que se le decía… Tenía su gracia el loro.

– Ande cómpreme un lorito.

José la miró, era un buen día y decidió comprarlo.

El loro de juguete

Llego a casa, contento y llamó a su nieta, ella acudió rápida a darle un beso y se quedó prendada del loro que probó de inmediato delante de todos.

– Soy Carmencita. El loro repetía con voz metálica:

– Soy Carmencita, soy Carmencita, soy Carmencita…

La niña lo intentó otra vez.

– El abuelo es guapo

El loro insistió:

– El abuelo es guapo, el abuelo es guapo, el abuelo es guapo…

José se reía feliz y quiso intentarlo, diciéndole al loro:

– Mañana los pimientos, se pagaran más.

El loro respondió:

– Mañana los pimientos… ¡ya veremos!…

José frunció el ceño y exclamó: ¡La leche que te dieron…! mientras se marchaba.

Alguien comentó: Este loro será de juguete, pero sabe de este negocio.